Algo que siempre es difícil de olvidar son los viajes, quizá los de temprana edad son poco fáciles de recordar, pero en general un buen viaje y hasta uno malo son recordados con alegría, los mios no son la excepción.
Yo tenía unos 17 años, habían llegado los días de vacaciones y se sucitaron algunos eventos inesperados, el primero fue que Erik nos animó a emprender un viaje con sus amigos de la prepa, yo no estaba trabajando y por lo tanto no tenía lana, así que el segundo suceso fue que Abraham cooperó con lo del recibo del teléfono y el tercero fue que mi papá, desaparecido por años, llegó justo una noche antes de la salida y me acompleto para el viaje y me regalo “la chamarra“ que se convirtió en leyenda, ese día me convertí
en el curandero de la selva.
Al día siguiente, como acordamos, nos vimos en la Terminal del Norte Lucio, Perci, Erik, Abraham y yo, los tres primeros llegaban de la escuela y el resto los alcanzabamos en el lugar de reunión. La cita era al rededor de las 8 y el autobús salía rumbo a Quiroga hasta las doce de la noche, así que nos preparamos psicológicamente para las horas de espera.
Pasaron las horas y llegó el momento de tomar el autobús, falta decir que para entonces Erik y compañía se habían terminado los alcoholes que habían comprado para todo el viaje, tres días aproximadamente, en unas 4 horas, así que abordaron en calidad de bulto y todo el viaje fueron divertidos y borrachos, muy borrachos, así que yo hice uso de mi poder mutante y dormí por horas durante la mayor parte del viaje, nada me perturbó.
Cerca de las 7 a.m. llegamos a Quiroga, bajamos emocionados por las promesas de Perci, —¡En Quiroga vive mi abuelita, llegando vamos a su casa y desayunamos!—. Así que agarramos camino.
Desde la terminal de autobuses a la casa de la abuelita fueron sólo unos minutos a pie, yo iba desvelado y todos hambrientos. Llegamos a la casa de la abuela y Perci la saludó, acto seguido ella lo ignoró e hizo una mueca de disgusto, algo sucedió después, algo que hasta ahora sigue siendo un misterio, porque los implicados entraron a la cocina, se dijeron cosas y al cabo de un par de minutos Perci salió diciendo que nos fueramos. Ahí terminó la aventura con la abuela.
Tristes y hambrientos nos encaminamos al centro del pueblo, a lo lejos se veían los letreros de “Ricas Carnitas”, “Las originales de Quiroga”, etc., elegimos puesto, mesa, carnitas y nos sentamos a desayunar, un desayuno breve de tacos y refresco, ibamos limitados de lana.
Tratamos de no desanimarnos, así que fuimos en busca de la aventura y encontramos un balneario, cerrado por cierto, pero después de unos minutos lo abrieron y todos decididos fuimos a ponernos los chores para echar un chapuzón helado, ¡helado!. Como es natural del nadador experto nos entró el hambre, fuimos a la tiendita del lugar y sorprendidos nos apersonamos de atunes, galletas, papas, una salsa Valentina y demás botanas, sorprendidos porque la tienda tenía surtido de bajo presupuesto, lo que me hace pensar que es lo común en muchos lugares. Comimos como pelones de hospicio y ya entrada la tarde partimos a la casa de Perci, así es, Perci tenía una casa en Quiroga, en lo alto de un cerro.
Caminamos y caminamos y caminamos y caminamos por la ladera de un cerro hasta llegar a una zona semi habitada, ya oscurecía, y sólo se veían un par de construcciones a las cuales llegar, llegamos y ¡oh sorpresa! era un cuarto de mediano tamaño, no tenía luz y sólo habìa 2 camas. Entramos a tientas, no ibamos preparados y no llevabamos linternas, buscabamos una extensión, porque era práctica común tenderla hasta la casa del vecino y colgarse de la luz, que después de varios minutos hayamos y nos dispusimos a conectar. Para no parar con las sorpresas, pues resulta que el vecino cercano no se encontraba en casa y el siguiente más próximo estaba a unos 50 mts, lo cual complicaba la operación porque la extensión no era tan larga. ¿Cómo lo resolvimos? no recuerdo, pero lo resolvimos.
Después de acomodarnos e instalarnos salimos a platicar, la noche era nocturna, la calle humeda y mal iluminada, supongo que tocamos los temas del momento, como la escuela, las chicas y las chelas y nos sorprendimos con lo estrellado del cielo, era raro, no pareciamos del tipo que admira un cielo despejado y azul profundo, pero luminoso, lo contemplamos repetidamente, nos tomamos nuestro tiempo, coincidimos en que era el mejor momento, hasta ese momento, del viaje. Pasaron las horas, regresamos al cuarto. Nos tocó dormir juntos, así que Erik, Abraham y yo estrechamos lazos en una cama matrimonial, dormí como un bebé.
Al otro día nos despertaron las sorpresas, si, fue un viaje lleno de sorpresas. Perci y Lucio decidieron seguir el viaje sólos, nos avisaron, se fueron, nos fuimos, teniamos que dejar el cuarto, empezaron a brotar las ideas.
En el camión camino a Morelia Erik nos iba ultimando detalles de la visita sorpresa, llegariamos a casa de Chela, una antigua y muy querida ex-novia que hacía un tiempo se había mudado por los rumbos, llegamos a terminal y buscamos un taxi,—¿Dónde los llevo jóvenes?…
Erik tenía una dirección parcial, parecía incompleta, tenía calle, número y colonia, el problema es que no había muchas casas y la dirección en cuestión no aparecía, pero tenía la referencia de llegar a las torres de luz. Después de varias vueltas y preguntas a los vecinos decidimos dejar el taxi, caminamos y recorrimos por lo menos dos veces el mismo camino, llegamos a las torres de luz y sólo había un cuartito en obra negra cercado con malla ciclónica. Gritamos su nombre…
Como personaje de caricatura apareció de entre la construcción una cabecita, sobre ésta otra y sobre esta otra una más, luego salió un perrito ladrando y detrás de éste otro casi del mismo tamaño, en seguida salió Chela, luego Lola, luego las cabecitas. Después de los cálidos saludos y las presentaciones nos dispusimos a recolectar la leña, ja, así es, estabamos a la mitad de un terreno inmenso, sin otra cosa que hacer que disfrutar de la vida y de nuestras juventudes, así que nos dispusimos a recolectar leña para la fogata. Fue la cosa más divertida, eramos 6 niños y sus hermanas mayores, asamos bombones, platicamos nuestras pocas penas, que en realidad sumadas eran muchas y mal pedo, y cantamos algunas canciones con una guitarra a la que le sobrevivian 3 cuerdas. Hablamos durante horas, les contamos como nos fue en Quiroga, de como el Greñas y su mamá salvaron al mundo y como el destino nos fue dando empujones hasta llegar con ellas, nos hablaron de la situación familiar, de los hermanos mayores, de la familia grande que tenían y de como le hacían para sobrevivir con las 3 cabecitas. Nos fuimos a dormir, fue toda una experiencia, una vez más los tres amigos compartieron cama.
Por la mañana salimos disparados y alegres, adoloridos y desvelados, preparamos un desayuno de fogata, seguimos la plática. Ella nos contó de la cascada en el cerro, nos llevaron, seguimos hablando, pasaron las horas y llegó la tarde y seguida de ella la noche. Nos despedimos. Regresamos a la cotidianeidad y seguimos la vida.